| Querido internauta del más allá o del
más acá (de Gandia):
Abro esta sección hablándote del buga y del aparcamiento.
El tema me viene después de una cena, en lo que por aquí
- yo no se donde estás tu, como en la canción, aunque te
imagino intrépido viajero, como un Marco Polo de la internet -
llamamos el resopó, que es el momento en que, después de
la comilona, ya finado el flan o el trozo de tarta, y puro en ristre,
si fumas, comienza uno a desbarrar sobre lo divino y lo humano.
En la charla, que en esta ocasión sustituye a una buena timba
de trivial, nos enredamos cuatro tipos especuladores sin piedad; un militante
destacado del PSOE, otro, ni tan militante ni tan destacado, miembro de
la antigua UPV, hoy BNV, y otros dos que nos reclamamos independientes;
todos, en fin, defensores desde antaño de causas perdidas: urbanismo,
calidad de vida, solidaridad social y esas cosas, ya sabes.
Surge con virulencia la cuestión de las peatonalizaciones del
centro y los parkings. Y es que el centro de Gandia en estos momentos
se halla tomado por la ORA, los vados permanentes, los cuadros amarillos
de los contenedores y, por último, las calles peatonalizadas. Aparcar
en el centro a media mañana o a media tarde resulta tan fácil
como sacar zumo de naranja a un nabo. El asunto admite muchos puntos de
vista y aspectos de debate, es obvio. Y tantos matices como se quiera.
Ahí van algunos.
La primera cuestión es la discriminación de los residentes,
propietarios o usuarios particularmente intensivos de la zona, ya que
no parece lógico que un residente, propietario o trabajador no
pueda acceder en coche a su vivienda o lugar de trabajo ni aparcar su
vehículo en las inmediaciones, como cualquier vecino de cualquier
calle de las que no tienen ORA (que cada vez son menos). ¿Acaso
no paga los mismos impuestos y en la misma moneda de curso legal, por
ejemplo, un vecino de la Plaçeta del Segó que uno de la
calle Benicanena?.
Otro punto de vista, igual de amargo, podría ser el del vecino
normal de cualquier parte de la ciudad, o de otra localidad, que se desplaza
al centro por cualquier motivo y no puede aparcar cerca del sitio donde
va a realizar la gestión, obligado a meter el vehículo en
el parking y a cotizar por ello. Visto el precio al que se tarifa, a los
pobretes y pensionistas sería bien aconsejarles el que cambiaran
el buga por un velocípedo, ya que difícilmente soportarán
sus magras economías las excelencias del invento. (Otra solución
sería recurrir al sistema de "cariño he encogido a los niños"
y meterse el auto en bolsillo de la camisa.)
A pesar del tiempo transcurrido desde la transición y los ayuntamientos
democráticos, es lo cierto que la situación no ha hecho
si no empeorar con los años. Al incremento natural de vehículos
por el aumento del nivel de vida y el cierto despegue demográfico,
se han venido a sumar el de vados, peatonalizaciones y ORAS, concurrente
con la construcción de fincas sin la correspondiente previsión
de plazas.
La política de aparcamientos del Ayuntamiento ha sido un fracaso
de estrépito, lineal en el tiempo, y aún con momentos estelares
como el fiasco del de la República Argentina, de infausta memoria.
A lo máximo que se ha llegado, se llega y se pretende llegar, es
a ceder terrenos municipales, o demaniales (de dominio público),
a empresas privadas que destruyen y construyen en los espacios hasta ahora
colectivos con la sana intención de comercializar el invento y
pasar el platillo, de modo que la idea del servicio público cede
ante la estrategia recaudatoria, objetivo mucho más prosaico y
acorde con los tiempos que corren de "take the money and run" (W. Allen
dixit).
Aún con la mejor voluntad de mi amigo el del PSOE, no es fácil
encontrar explicación a la referida situación. Más
allá de la probable acusación de demagogos que se nos pudiera
hacer, lo cierto es que para cualquier político municipal difícil
será demostrarnos la diferencia conceptual en cuanto a servicio
público entre un parking y un parque. O sea, el por qué
lógica aberrante en estos últimos no pagamos por un acto
voluntario como es el pasear o sentarnos en un banco y en los otros lo
hacemos por un uso absolutamente imprescindible como es acercarnos a un
punto urbano en coche para realizar la gestión, o por guardar el
armatoste que nos convencieron para que compráramos a mayor gloria
de la economía nacional, el desarrollo y el empleo.
Nadie se ha molestado en explicarnos cómo de un presupuesto de
6 o 7 mil millones no pueden dedicarse unos cientos a construir aparcamientos
para mayor felicidad del personal. Ni si sería posible que fueran
públicos y gratuitos, o con una tarifa de servicio en términos
de tasa; esto es, en función del estricto coste de la inversión
y del planing de amortización de la misma más los costes
de mantenimiento.
Como se ve, aún dejando a un lado la clásica teoría
hacendística y de economía política sobre el concepto
de servicio o bien público como aquel que ha de proveer el Estado
al no poder hacerlo el mercado con eficiencia, son muchos los aspectos
del debate urbanístico y de geografía urbana: ¡Mejor
lo dejamos para otra cena!. Sin embargo, al contrario que en la mayoría
de las áreas, si es posible rastrear en ésta la ideología
en la gestión municipal. Menos policía, grúa y ORA
y más aparcamiento público y gratuito parece que puede ser
un buen elemento definidor, aunque lo cierto es que casi todos se están
luciendo...
Joan Martí (Gandia)
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