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GANDIA TOWN: ¡Y va de parkings!

Joan Martí
jmarti@guia-activ.com

Querido internauta del más allá o del más acá (de Gandia):

Abro esta sección hablándote del buga y del aparcamiento. El tema me viene después de una cena, en lo que por aquí - yo no se donde estás tu, como en la canción, aunque te imagino intrépido viajero, como un Marco Polo de la internet - llamamos el resopó, que es el momento en que, después de la comilona, ya finado el flan o el trozo de tarta, y puro en ristre, si fumas, comienza uno a desbarrar sobre lo divino y lo humano.

En la charla, que en esta ocasión sustituye a una buena timba de trivial, nos enredamos cuatro tipos especuladores sin piedad; un militante destacado del PSOE, otro, ni tan militante ni tan destacado, miembro de la antigua UPV, hoy BNV, y otros dos que nos reclamamos independientes; todos, en fin, defensores desde antaño de causas perdidas: urbanismo, calidad de vida, solidaridad social y esas cosas, ya sabes.

Surge con virulencia la cuestión de las peatonalizaciones del centro y los parkings. Y es que el centro de Gandia en estos momentos se halla tomado por la ORA, los vados permanentes, los cuadros amarillos de los contenedores y, por último, las calles peatonalizadas. Aparcar en el centro a media mañana o a media tarde resulta tan fácil como sacar zumo de naranja a un nabo. El asunto admite muchos puntos de vista y aspectos de debate, es obvio. Y tantos matices como se quiera. Ahí van algunos.

La primera cuestión es la discriminación de los residentes, propietarios o usuarios particularmente intensivos de la zona, ya que no parece lógico que un residente, propietario o trabajador no pueda acceder en coche a su vivienda o lugar de trabajo ni aparcar su vehículo en las inmediaciones, como cualquier vecino de cualquier calle de las que no tienen ORA (que cada vez son menos). ¿Acaso no paga los mismos impuestos y en la misma moneda de curso legal, por ejemplo, un vecino de la Plaçeta del Segó que uno de la calle Benicanena?.

Otro punto de vista, igual de amargo, podría ser el del vecino normal de cualquier parte de la ciudad, o de otra localidad, que se desplaza al centro por cualquier motivo y no puede aparcar cerca del sitio donde va a realizar la gestión, obligado a meter el vehículo en el parking y a cotizar por ello. Visto el precio al que se tarifa, a los pobretes y pensionistas sería bien aconsejarles el que cambiaran el buga por un velocípedo, ya que difícilmente soportarán sus magras economías las excelencias del invento. (Otra solución sería recurrir al sistema de "cariño he encogido a los niños" y meterse el auto en bolsillo de la camisa.)

A pesar del tiempo transcurrido desde la transición y los ayuntamientos democráticos, es lo cierto que la situación no ha hecho si no empeorar con los años. Al incremento natural de vehículos por el aumento del nivel de vida y el cierto despegue demográfico, se han venido a sumar el de vados, peatonalizaciones y ORAS, concurrente con la construcción de fincas sin la correspondiente previsión de plazas.

La política de aparcamientos del Ayuntamiento ha sido un fracaso de estrépito, lineal en el tiempo, y aún con momentos estelares como el fiasco del de la República Argentina, de infausta memoria. A lo máximo que se ha llegado, se llega y se pretende llegar, es a ceder terrenos municipales, o demaniales (de dominio público), a empresas privadas que destruyen y construyen en los espacios hasta ahora colectivos con la sana intención de comercializar el invento y pasar el platillo, de modo que la idea del servicio público cede ante la estrategia recaudatoria, objetivo mucho más prosaico y acorde con los tiempos que corren de "take the money and run" (W. Allen dixit).

Aún con la mejor voluntad de mi amigo el del PSOE, no es fácil encontrar explicación a la referida situación. Más allá de la probable acusación de demagogos que se nos pudiera hacer, lo cierto es que para cualquier político municipal difícil será demostrarnos la diferencia conceptual en cuanto a servicio público entre un parking y un parque. O sea, el por qué lógica aberrante en estos últimos no pagamos por un acto voluntario como es el pasear o sentarnos en un banco y en los otros lo hacemos por un uso absolutamente imprescindible como es acercarnos a un punto urbano en coche para realizar la gestión, o por guardar el armatoste que nos convencieron para que compráramos a mayor gloria de la economía nacional, el desarrollo y el empleo.

Nadie se ha molestado en explicarnos cómo de un presupuesto de 6 o 7 mil millones no pueden dedicarse unos cientos a construir aparcamientos para mayor felicidad del personal. Ni si sería posible que fueran públicos y gratuitos, o con una tarifa de servicio en términos de tasa; esto es, en función del estricto coste de la inversión y del planing de amortización de la misma más los costes de mantenimiento.

Como se ve, aún dejando a un lado la clásica teoría hacendística y de economía política sobre el concepto de servicio o bien público como aquel que ha de proveer el Estado al no poder hacerlo el mercado con eficiencia, son muchos los aspectos del debate urbanístico y de geografía urbana: ¡Mejor lo dejamos para otra cena!. Sin embargo, al contrario que en la mayoría de las áreas, si es posible rastrear en ésta la ideología en la gestión municipal. Menos policía, grúa y ORA y más aparcamiento público y gratuito parece que puede ser un buen elemento definidor, aunque lo cierto es que casi todos se están luciendo...

Joan Martí (Gandia)



 

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