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EL IDEALISMO, MI BISABUELO Y LOS AGUJEROS NEGROS

Joan Martí
jmarti@guia-activ.com

Amigo internauta:

De nuevo en la carretera (autopista) de la información para contarte unas cuitas. El tema va de los ideales, el idealismo y todo eso y viene a cuento de una polémica que se ha venido dando en estas páginas a cuenta de unos artículos publicados en el medio por tu humilde corresponsal. Te digo. El asunto es que, en debate sobre algún tema de gestión municipal, - en particular sobre el dichoso parking del riu Serpis -, amigos anónimos que hasta ahora desconocía, y a los que desde aquí saludo agradecido, me han felicitado apoyando las ideas propuestas, tanto en papel como en esta web y en otra. Los contrarios a las mismas, - que también los hay y que desde luego no me han felicitado -, sin mayor razonamiento o criterio más allá de algún insulto o imputación divertida, (puedes consultar el forum), las han tachado de idealistas, oponiendo - dicen - la cruda realidad al idealismo de propuestas tan románticas como inviables. Pues bien, el caso es que aunque me emocioné como el que más viendo los Puentes de Madison y se me hace un nudo en alguna escena de Casablanca, es lo cierto que no me tengo yo por excesivamente romántico; sólo lo justo para hacer bien el papel de amante cuando se descubre el amor y todo eso, ni tampoco por idealista en el sentido que me achacan. No hay tal, pues. Es decir, no hay tal y sí hay tal. Me explico.

No hay tal idealismo, desde luego, si hablamos en sentido filosófico. O sea, en el de la teoría ya clásica según la cual la mente se impone a la realidad, como nos enseñan el viejo Platón, el joven Kant y el clérigo Berkeley, y mucho menos si nos llegamos hasta el solipsismo, como expresión más radical de aquella. Si acaso, y a lo sumo, me cojo la derivación idealista-dialéctica del mejor Hegel y ahí acaba la historia de mi idealismo filosófico.

Sin embargo, parece que el personal no se refiere al idealismo como teoría filosófica, si no al idealismo en lenguaje de andar por casa; esto es, a la acepción que lo entiende como propuesta política y social más o menos bienintencionada pero alejada de la realidad. Pero tampoco esta acepción se ajusta a la realidad de las cosas. Tampoco desde este punto de vista hay tal. Y no hay tal, porque, según yo lo veo, sólo la irracionalidad del sistema mediático-cultural llega a posibilitar que lo que de suyo es negro haya de verse como blanco so pena de ser tachado de idealista: El que un aparcamiento sea público y gratuito es algo tan racional, - o al menos lo es tanto -, como el que lo sea privado y de pago, y mal está la cosa cuando propuesta tan inocua (salvo para las arcas municipales y para las de la Empresa concesionaria) llega a considerarse como idealista o "alunada". Como dijo no se quien, mal andan los tiempos cuando se ha de razonar lo obvio y evidente. Creo que existen multitud de propuestas e ideas sociales sobre administración y gestión de lo público que resultan perfectamente congruentes y lógicas, y que sólo los valores sobreentendidos del "sistema", que se proponen como paradigma cultural de la época, las hacen idealistas y perseguibles casi de oficio "por ser inviables", - se dice, con un tanto de demagogia y un cuanto de memez -. Sin embargo, párate a mirar con atención la ciudad, una calle, un servicio municipal, una actuación del gobierno, etc. y ponte a reflexionar aplicando el sentido común, sentido el sentido sin burocracia, subvención o comisión, o sea. Sin duda te sorprenderá del resultado y a la conclusión así obtenida jamás se te ocurrirá calificarla de "idealista".

Si me pido, por el contrario, otro tipo de idealismo, - continuo con el "Me explico"-, y es aquél que se define como el deseo de hacer o de vivir lo que se considera mejor, en actitud de crítica a la realidad vigente, a menudo establecida desde posiciones de dominio por los otros sujetos sociales. Y añadiremos que este "idealismo" es, por cierto, una constante en la civilización humana. Se pude afirmar incluso, en frase grandilocuente y rimbombante, que todas las civilizaciones que lo fueron incorporaron este "idealismo" como aspecto esencial de su existencia. Es más, sin largar tanta teoría, bastaría con remitirnos a los griegos del siglo de Pericles, a Tomás Moro, al Renacimiento o a las Revoluciones de hace dos siglos a esta parte, para ver que tal idealismo es sinónimo de humanidad; que es su sustancia, en suma.

Con pretensión de debate - y posiblemente me esté metiendo en un buen lío dialéctico -, diré que, desde el punto de vista ontológico, este idealismo social puede justificarse adjudicándole una naturaleza cuasi de biología evolutiva, ya que, más allá de consideraciones inciertas, - en el sentido de opinables -, sobre la posibilidad de trascendencia a otras dimensiones o vidas ulteriores, hay que pensar que, estadísticamente, tenemos entre 70 y 80 años de vida útil, periodo mayor que los coches a gasolina pero, al cabo, ridículo frente a la longevidad desmesurada del universo. Es de suponer, por tanto, que dentro de unos años nadie hable de nosotros, quedando en la crónica de la pequeña historia del poblado sólo como individuos que pasamos por aquí de puntillas y sin hacer mucho ruido ("nadie hablará de nosotros cuando estemos muertos") y que a lo sumo estaremos en signos en un registro civil que, a la sazón, un estudioso historiador estará expurgando en DVDs de enésima generación, - o en cualquier otro sistema de almacenamiento de la información de moda en la época del erudito -, al amparo de una subvención municipal o en el marco de su tesis doctoral sobre la vida vegetativa de los humanoides en el ocaso del segundo milenio. Así las cosas, ¡a quién le importa si mi bisabuelo fue funcionario, tuvo querida o llegó a amasar tres hectáreas de tierra y una casita en el campo como segunda residencia!. Así pues, comprendo y respeto las web-opiniones sociales y políticas de mi amigo C.T., por ejemplo, - con el que, como él dice en el foro referido, coincido muy poco, aunque me admira su honestidad intelectual -, y entiendo su ánimo de amasar millones a cientos y de ser líder empresarial en su sector, al igual que el del empleado que aspira a retirarse a los sesenta con una suculenta pensión para disfrutarla si las enfermedades le respetan. Sin embargo, por mucho que nos empeñemos, frente a los agujeros negros o las supercuerdas de Hawking y Penrose y a la evolución pasada y futura de "esto", resultan un tanto irrelevantes las peripecias personales y el triunfo social de mi bisabuelo, de C.T. y el mío propio. ( Así comencé a percibirlo un día tonto pensando en Morrison, Picaso, Sagan, Russell, Ginsberg, Da Vince, Einstein, Ernesto Guevara y otros que, como mi bisabuelo, también se habían ido discretamente. )

Regresando a la seriedad y según todo ello, parece más razonable sostener que mi bisabuelo, - su existencia -, desde una perspectiva histórica y al margen de las comodidades particulares que pudo disfrutar en su magro ciclo vital, - las excelencias amatorias de su querida, si la tuvo, y el roce en el gaznate del buen comer -, sólo podrá justificarse si en algo contribuyó a mejorar la vida de su especie, esto es, a puro beneficio de inventario social: Si en algo contribuyó a evitar la destrucción del planeta, las minas y las guerras, la hambruna y la muerte de sus semejantes, la tragedia de los niños de Sudan, culpables de no llamarse Felipes, Froilanes, Guillermos o Paquirrinis, la crueldad, la estulticia, y la hipocresía, y, desde luego, si en algo contribuyó a erradicar el dominio cultural de las elites (algunas de medio pelo) que, instaladas plácidamente en el Presupuesto, ya entonces decidían, como ahora quieren decidir, lo que es política y socialmente "correcto" al objeto de aislar y fumigar el virus del idealismo disolvente, atentatorio contra el sistema, negándonos incluso la posibilidad de rebelarnos, siquiera sea mentalmente, para razonar inocentemente sobre lo obvio.

Y es que, ya acostumbrados a residir en el reverso de la historia, sabíamos que no era "correcto" eso de pedir lo imposible cuando resultaba muy imposible, y que siempre te podía aparecer un De Gaulle en chancletas, de esos de andar por casa, para discursearte un solemne "el orden - lo correcto - debe ser mantenido porque... el orden debe ser mantenido", pero que ello pudiera suceder por pedir inocentemente un simple parking público y gratuito, pues, la verdad, eso nos ha dejado un poco descolocados. Aun así y desde luego, ¿idealista?, ¡Sí, Gracias y Vd. que lo vea!



 

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