| Amigo internauta:
Si lees los periódicos y sufres la tele, sin duda sabrás
que un fantasma sin sábana recorre el mundo de la política
socavando cual topo taimado las bases mismas del sistema de partidos y
haciéndose caca en la pizpireta teoría democrática
de la representación/representatividad: El tránsfuga.
Tan es así, que los partidos, alarmados por el asunto, han firmado
un reciente compromiso de actuación con relación a este
espécimen peculiar, parasitario y listo como el Lazarillo, que
florece en la fauna política, aunque, en este duelo de pillos,
está por ver en qué estaban pensando cuando lo firmaban
y si todos lo aplicarán en la letra y en su espíritu en
las próximas elecciones y periodos legislativos. (Admito apuestas
de un duro)
Como se sabe, la democracia actual y la teoría/práctica
de la representación resultan de un largo y atormentado proceso
de evolución histórica que podría recogerse en libro
el Gran Manual de la Democracia, tocho más gordo que el Libro de
Petete pero sin dibujos y de edición probablemente incierta. El
libro está hecho de retazos y costuras de pensadores políticos
arcaicos, - Aristóteles -, rudimentos de la democracia anglosajona
- John Locke -, doctrinas de la ilustración - Rousseau y Montesquieu
-, y estudiosos del asunto en general - Weber, Parsons y Hariou, por ejemplo
-, y consagrado y reiterado cada día por la voz del "sistema" encarnada
en los telediarios, mayormente cuando informan sobre la clausura del año
parlamentario u otra efeméride-fiesta-institucional. (Perdóname
por las citas, que tal vez te parezcan pedantería de "releído",
y con razón, pero es que tuve que empollar todo ello en Derecho
Político - que por cierto decían que era una maría
- y no veas la alegría que me da el poder sacarle alguna utilidad
al cabo de tantos años. Comprende que todos somos humanos) Continuo.
Además de esta teoría general, hecha de retales como digo
y cuyo estudio, siquiera somero, nos dejaría exhaustos y sudando
la gota gorda, miles de textos, tesis y estudiosos refieren la amplia
casuística teórica en función del particular objeto
de análisis: teorías de la elección pura, caucus,
convenciones y primarias; elecciones directas e indirectas, listas cerradas
y abiertas, la proporcionalidad y la maldita Ley D'hont; la práctica
en la antigua Grecia y en la Roma de los cives o las tribulaciones de
la Edad Media, los sistemas de las tribus teutonas donde los tipos libres
eligen a los tipos reyes, los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico,
la Venecia medieval del Dux, etc., etc. (¿Te aburro?, ¿No?.
Pues sigo.)
Así, después de tanto siglo y experimento, existe consolidado
un complejo cuerpo teórico que sustenta las bases de la convivencia
política -grandiosa frase- en nuestro amado occidente de estos
días. (Por cierto que ya próximo a la enésima glaciación
y al vuelta a empezar, según predicen los últimos estudios
de los expertos que leí hace unos días estando ocioso.)
En el citado gran Manual de la Democracia, con gran injusticia para
la figura, no existe, sin embargo, ni un solo capítulo dedicado
al tránsfuga, lo que se explica en que es un prototipo político
de reciente aparición, aunque de rabiosa actualidad y al que últimamente
le llueven los guantazos de canto. Sí los hay, y muchos, sobre
los partidos, pieza básica del sistema, como se sabe. En su apartado
de ficciones formales piadosas, el texto apócrifo define los partidos
como organizaciones creadas para contribuir de forma democrática
a la determinación de la política nacional y a la formación
y orientación de la voluntad de los ciudadanos, promoviendo su
participación en las instituciones mediante la formulación
de programas, la presentación y apoyo de candidatos en las elecciones
expresando el pluralismo político, siendo instrumentos de participación
política que, en general y a excepción de los de vocación
extraparlamentaria, concurren a las elecciones. Las elecciones - continúa
- es proceso mediante el que el electorado de un Estado, Comunidad, Municipio
u otra jurisdicción selecciona a las personas para ocupar roles
de autoridad, eligiendo cargos ejecutivos, legislativos, administrativos
y, en algunos Estados, hasta judiciales. Los partidos tratan de obtener
el poder mediante el apoyo popular manifestado en las urnas y se integran
por militantes, cuyos derechos - dice - consisten en ser electores y elegibles
para todos sus cargos, estar informados sobre sus actividades y situación
económica, y concurrir para formar sus órganos directores.
- ¡Uf, casi me ahogo por soltarlo de carrerilla! -.
Bueno pues eso. Mucha literatura, como se ve, pero del tránsfuga
ni un párrafo, lo tal que nos deja desconsolados y sin base teórica
para abordar el suceso.
La historia, por su parte, aun pródiga en hechos y deshechos,
tampoco nos cuenta nada del fulano, aunque si nos da figuras de alguna
similitud. En la peninsular, por ejemplo, tal vez toma parangón
en los witizianos que entregan al moro la llave de la Ibérica en
la gresca de Guadalete, o en Audas, Ditalkón y Minuros, que, a
nómina del Cónsul Servilio Cepión, le dan matarile
al Viriato, siendo ya un clásico el Bellido Dolfos, prototipo de
traidor histórico, quien al grito de todo por Castilla y en interés
de Doña Urraca (o de ¡jódase Doña Urraca!,
que hay varias tesis), le quita el hipo a Sancho II el Fuerte con una
daga traicionera, dejándolo de paso menos fuerte y más fiambre.
Aun así, como se ve, tampoco esto es mucho para acercarnos a Piñeiro,
Rahola, Almeida y a otros personajes que, por más cercanos, nos
resultan más queridos. Huérfanos pues de cualquier cuerpo
teórico-político para echarle un galgo al tránsfuga,
sólo cabe el recurso de darse un garbeo por la vertiente sociológica
del asunto, tal que una caminata por la "Dinámica de grupos", y
visitar a Kurt Lewin en 1945 en el CIDG del Instituto de Massachusetts
de Tecnología, el que, después de hacernos pasar y ofrecernos
un te en batín y zapatillas, nos dice que hay que abordar las trastadas
del tipo en el marco de la conducta de los seres humanos en grupo y, en
especial, de las interacciones que se dan entre personas de grupos pequeños
relacionadas entre sí por actividades de trabajo o sociales, deteniendo
el análisis en su estructura y funcionamiento y en los diferentes
tipos de roles que adoptan los miembros del grupo. Y es que el tránsfuga
tiene algo que ver, - tal vez todo -, con la naturaleza humana más
profunda. Ahí vamos.
Como se sabe el tránsfuga nace y se hace - generalmente y sin
entrar en casuística más rebuscada que incluya al Espíritu
Santo - en una lista electoral a la que se encarama a codazos, haciéndose
fuerte y cabalgándola hasta las urnas. El cómo se aúpa
a la lista, la mayoría de las veces depende de su destreza en manipulaciones,
- miente y remiente con desparpajo, oculta, desinforma, intriga, compadrea,
infundia... - y, ¿por qué negarlo?, del culto a la personalidad
de algunos militantes que no lo "calan" a tiempo.
De modo que, - cogiendo un caso imaginario cuyo parecido con la realidad,
advierto, sólo puede existir en la mente calenturienta y perversa
del lector - el tránsfuga, a menudo con lenguaje estético
por incendiario y contrasistema (no al papel couché, menos sueldo
a los concejales, todo el poder al ciudadano, dejadme lo de tal barrio
que lo resuelvo en diez minutos, etc.) en algún caso recita su
letanía en técnica de declamación y versos asonantes
o monorrimos formando el mensaje electoral del lugar común: que
no gane la derecha - también podría declamar que no gane
la izquierda sin mayor problema, según el caso -, moralicemos la
vida pública, etc.; una buena pasada por la retórica demagógica,
o sea.
Sea como fuere, lo cierto es que, al rebufo del partido que lo encumbra,
a la sazón en ascenso en la demoscopia, y de los compañeros
que le pegan los carteles, el día de urnas se levanta con el Santo
y la peana entre vítores de sus devotos.
Y justo ahí comienza el calvario... de sus devotos. Ya que, llegado
el día en que ya le ha tomado el gusto a la cosa, el susodicho,
acomodándose a los nuevos tiempos y al "lenguaje" del "sistema",
se monta uno "pret a porter" para el caso: "antiguos compañeros
malos, retrógrados; mi pasado no existe, reconstruyamos no se qué",
y abomina de quienes le apoyaron en el partido - pobre morralla que me
ayudó en la intendencia - y pasa de quienes le votaron en las urnas,
(varios miles a menudo), para pegar la espantà y salir a escape
llevándose puesto el cargo y los pluses complementarios (dietas,
indemnizaciones y similares). De modo que, usando la magia Borrás,
en un solo acto le pega el timo de la guitarra al votante, a sus colegas
de partido y a todo quisqui, ciscándose en el histórico
y teórico-cultural del concepto democrático.
Sus antiguos compañeros de partido se quedan como idos, sintiéndose
traicionados: ¡Dios, es que se ha llevado hasta el papel de calco!.
Y yo, por mi parte, me quedo preparando el próximo capítulo
donde trataré de descender más al detalle y menudeo de la
personalidad y actitud del individuo, pese a quien pese. Hasta entonces,
suplícote te lo pases lo mejor que puedas.
Un saludo.
Joan Martí (Gandia)
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