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Teoría del tránsfuga y sus circunstancias (I)
(Introducción general, sin mirar a nadie)


Joan Martí
jmarti@guia-activ.com

Amigo internauta:

Si lees los periódicos y sufres la tele, sin duda sabrás que un fantasma sin sábana recorre el mundo de la política socavando cual topo taimado las bases mismas del sistema de partidos y haciéndose caca en la pizpireta teoría democrática de la representación/representatividad: El tránsfuga.

Tan es así, que los partidos, alarmados por el asunto, han firmado un reciente compromiso de actuación con relación a este espécimen peculiar, parasitario y listo como el Lazarillo, que florece en la fauna política, aunque, en este duelo de pillos, está por ver en qué estaban pensando cuando lo firmaban y si todos lo aplicarán en la letra y en su espíritu en las próximas elecciones y periodos legislativos. (Admito apuestas de un duro)

Como se sabe, la democracia actual y la teoría/práctica de la representación resultan de un largo y atormentado proceso de evolución histórica que podría recogerse en libro el Gran Manual de la Democracia, tocho más gordo que el Libro de Petete pero sin dibujos y de edición probablemente incierta. El libro está hecho de retazos y costuras de pensadores políticos arcaicos, - Aristóteles -, rudimentos de la democracia anglosajona - John Locke -, doctrinas de la ilustración - Rousseau y Montesquieu -, y estudiosos del asunto en general - Weber, Parsons y Hariou, por ejemplo -, y consagrado y reiterado cada día por la voz del "sistema" encarnada en los telediarios, mayormente cuando informan sobre la clausura del año parlamentario u otra efeméride-fiesta-institucional. (Perdóname por las citas, que tal vez te parezcan pedantería de "releído", y con razón, pero es que tuve que empollar todo ello en Derecho Político - que por cierto decían que era una maría - y no veas la alegría que me da el poder sacarle alguna utilidad al cabo de tantos años. Comprende que todos somos humanos) Continuo. Además de esta teoría general, hecha de retales como digo y cuyo estudio, siquiera somero, nos dejaría exhaustos y sudando la gota gorda, miles de textos, tesis y estudiosos refieren la amplia casuística teórica en función del particular objeto de análisis: teorías de la elección pura, caucus, convenciones y primarias; elecciones directas e indirectas, listas cerradas y abiertas, la proporcionalidad y la maldita Ley D'hont; la práctica en la antigua Grecia y en la Roma de los cives o las tribulaciones de la Edad Media, los sistemas de las tribus teutonas donde los tipos libres eligen a los tipos reyes, los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, la Venecia medieval del Dux, etc., etc. (¿Te aburro?, ¿No?. Pues sigo.)

Así, después de tanto siglo y experimento, existe consolidado un complejo cuerpo teórico que sustenta las bases de la convivencia política -grandiosa frase- en nuestro amado occidente de estos días. (Por cierto que ya próximo a la enésima glaciación y al vuelta a empezar, según predicen los últimos estudios de los expertos que leí hace unos días estando ocioso.)

En el citado gran Manual de la Democracia, con gran injusticia para la figura, no existe, sin embargo, ni un solo capítulo dedicado al tránsfuga, lo que se explica en que es un prototipo político de reciente aparición, aunque de rabiosa actualidad y al que últimamente le llueven los guantazos de canto. Sí los hay, y muchos, sobre los partidos, pieza básica del sistema, como se sabe. En su apartado de ficciones formales piadosas, el texto apócrifo define los partidos como organizaciones creadas para contribuir de forma democrática a la determinación de la política nacional y a la formación y orientación de la voluntad de los ciudadanos, promoviendo su participación en las instituciones mediante la formulación de programas, la presentación y apoyo de candidatos en las elecciones expresando el pluralismo político, siendo instrumentos de participación política que, en general y a excepción de los de vocación extraparlamentaria, concurren a las elecciones. Las elecciones - continúa - es proceso mediante el que el electorado de un Estado, Comunidad, Municipio u otra jurisdicción selecciona a las personas para ocupar roles de autoridad, eligiendo cargos ejecutivos, legislativos, administrativos y, en algunos Estados, hasta judiciales. Los partidos tratan de obtener el poder mediante el apoyo popular manifestado en las urnas y se integran por militantes, cuyos derechos - dice - consisten en ser electores y elegibles para todos sus cargos, estar informados sobre sus actividades y situación económica, y concurrir para formar sus órganos directores. - ¡Uf, casi me ahogo por soltarlo de carrerilla! -.

Bueno pues eso. Mucha literatura, como se ve, pero del tránsfuga ni un párrafo, lo tal que nos deja desconsolados y sin base teórica para abordar el suceso.

La historia, por su parte, aun pródiga en hechos y deshechos, tampoco nos cuenta nada del fulano, aunque si nos da figuras de alguna similitud. En la peninsular, por ejemplo, tal vez toma parangón en los witizianos que entregan al moro la llave de la Ibérica en la gresca de Guadalete, o en Audas, Ditalkón y Minuros, que, a nómina del Cónsul Servilio Cepión, le dan matarile al Viriato, siendo ya un clásico el Bellido Dolfos, prototipo de traidor histórico, quien al grito de todo por Castilla y en interés de Doña Urraca (o de ¡jódase Doña Urraca!, que hay varias tesis), le quita el hipo a Sancho II el Fuerte con una daga traicionera, dejándolo de paso menos fuerte y más fiambre. Aun así, como se ve, tampoco esto es mucho para acercarnos a Piñeiro, Rahola, Almeida y a otros personajes que, por más cercanos, nos resultan más queridos. Huérfanos pues de cualquier cuerpo teórico-político para echarle un galgo al tránsfuga, sólo cabe el recurso de darse un garbeo por la vertiente sociológica del asunto, tal que una caminata por la "Dinámica de grupos", y visitar a Kurt Lewin en 1945 en el CIDG del Instituto de Massachusetts de Tecnología, el que, después de hacernos pasar y ofrecernos un te en batín y zapatillas, nos dice que hay que abordar las trastadas del tipo en el marco de la conducta de los seres humanos en grupo y, en especial, de las interacciones que se dan entre personas de grupos pequeños relacionadas entre sí por actividades de trabajo o sociales, deteniendo el análisis en su estructura y funcionamiento y en los diferentes tipos de roles que adoptan los miembros del grupo. Y es que el tránsfuga tiene algo que ver, - tal vez todo -, con la naturaleza humana más profunda. Ahí vamos.

Como se sabe el tránsfuga nace y se hace - generalmente y sin entrar en casuística más rebuscada que incluya al Espíritu Santo - en una lista electoral a la que se encarama a codazos, haciéndose fuerte y cabalgándola hasta las urnas. El cómo se aúpa a la lista, la mayoría de las veces depende de su destreza en manipulaciones, - miente y remiente con desparpajo, oculta, desinforma, intriga, compadrea, infundia... - y, ¿por qué negarlo?, del culto a la personalidad de algunos militantes que no lo "calan" a tiempo.

De modo que, - cogiendo un caso imaginario cuyo parecido con la realidad, advierto, sólo puede existir en la mente calenturienta y perversa del lector - el tránsfuga, a menudo con lenguaje estético por incendiario y contrasistema (no al papel couché, menos sueldo a los concejales, todo el poder al ciudadano, dejadme lo de tal barrio que lo resuelvo en diez minutos, etc.) en algún caso recita su letanía en técnica de declamación y versos asonantes o monorrimos formando el mensaje electoral del lugar común: que no gane la derecha - también podría declamar que no gane la izquierda sin mayor problema, según el caso -, moralicemos la vida pública, etc.; una buena pasada por la retórica demagógica, o sea.

Sea como fuere, lo cierto es que, al rebufo del partido que lo encumbra, a la sazón en ascenso en la demoscopia, y de los compañeros que le pegan los carteles, el día de urnas se levanta con el Santo y la peana entre vítores de sus devotos.

Y justo ahí comienza el calvario... de sus devotos. Ya que, llegado el día en que ya le ha tomado el gusto a la cosa, el susodicho, acomodándose a los nuevos tiempos y al "lenguaje" del "sistema", se monta uno "pret a porter" para el caso: "antiguos compañeros malos, retrógrados; mi pasado no existe, reconstruyamos no se qué", y abomina de quienes le apoyaron en el partido - pobre morralla que me ayudó en la intendencia - y pasa de quienes le votaron en las urnas, (varios miles a menudo), para pegar la espantà y salir a escape llevándose puesto el cargo y los pluses complementarios (dietas, indemnizaciones y similares). De modo que, usando la magia Borrás, en un solo acto le pega el timo de la guitarra al votante, a sus colegas de partido y a todo quisqui, ciscándose en el histórico y teórico-cultural del concepto democrático.

Sus antiguos compañeros de partido se quedan como idos, sintiéndose traicionados: ¡Dios, es que se ha llevado hasta el papel de calco!. Y yo, por mi parte, me quedo preparando el próximo capítulo donde trataré de descender más al detalle y menudeo de la personalidad y actitud del individuo, pese a quien pese. Hasta entonces, suplícote te lo pases lo mejor que puedas.

Un saludo.

Joan Martí (Gandia)



 

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