| (Para seguir el hilo, repásese el capítulo
anterior, si se tiene tiempo)
Amable internauta:
Antes de comenzar donde nos quedamos en el capítulo anterior
te aclaro que lo que sigue no tiene como finalidad perjudicar o molestar
a personas concretas. Realmente sólo se trata de analizar situaciones
y actuaciones del sujeto político como especie, como "homus politicus".
Te comento esto porque a raíz del anterior artículo, y de
la versión papel de este que ahora tienes ante ti, me han llovido
algunas descalificaciones e insultos vía forum. Ciertamente son
insultos cibernéticos, sin sustancia material, como una ristrera
de bits, por lo que no me afectan mucho, la verdad, pero en todo caso
creo de justicia aclarar mi postura para evitar malentendidos.
Y es que, tal y como he contestado en el propio forum a mis amables
(¿amable?) insultadores, en una réplica titulada "JOAN MARTI
ALS "AMICS"", "...lo que resulta deplorable es el transfuguismo, el engaño
a los electores, el trepismo y la falta de principios morales y políticos;
ello es la categoría; lo anecdótico, por contra, son las
personas de los sujetos que perpetran las trastadas, se trata de pobres
diablos que parasitan las imperfecciones del sistema democrático.
Por lo mismo, lo lamentable es que la gestión de un presupuesto
de 8 mil millones y algún centenar de empleados pueda estar en
manos, en todo o en parte, de algún inepto aspirante a tecnócrata,
para más señas, ególatra de medio pelo que en la
sociedad civil tendría dificultad para emplearse como aprendiz
de auxiliar administrativo; eso es la categoría; que los tales
seáis tu, tu jefe y algún colega es, como te digo, la pura
anécdota y no deberíais tomármelo en cuenta".
O sea, que lo que tiene interés sociológico es la situación,
el acto y el funcionamiento del sistema, siendo el D.N.I. y circunstancias
personales de los tipos que los encarnan bastante irrelevantes. Y a ello
no empece el que algún lector pueda pensar por su cuenta y riesgo
en alguna coincidencia con lo sucedido en esta Gandia de nuestros pecados.
Ciertamente la imaginación es libre... ¡Faltaría más!
Aclarado todo ello, sigamos donde nos habíamos quedado. En el
número anterior nos quedamos analizando el por qué se transfuga
el tránsfuga, valga la redundancia transfugadora. Pues bien, ello
no tiene mucho misterio y sí algo que ver, - posiblemente todo
-, con sus cábalas y cálculos sobre como conservar el poder
y el rol tan arduamente conseguido, o sobre como aumentarlo.
Es pura naturaleza humana. El tipo puede cavilar, por ejemplo, en que
de seguir en el mismo partido a las próximas no repetiría,
lo que sería gran contrariedad ahora que le comenzaba a tomar el
gustillo al asunto, o que lo de concejal se le queda corto y el llegar
a diputado, senador o cualquier otra figura prócer de la Patria,
estatal o autonómica, - ¡Tu vales mucho nene! - exige cambiar
de aires. Tal vez otro partido mayor con garantía de resultado
más fiable... Es cierto que a menudo sus análisis y cábalas
se revelan tan certeros como lo fue la teoría geocéntrica
en astronomía, pero eso es otra historia.
Lo cierto es que el tránsfuga, con principios morales tan recomendables
como los de Arizamendi, el "mochaorejas" mexicano, con manifiesto asco
y repugnancia por la ética y sin muchos remordimientos sobre la
licitud de su conducta, después de comentarlo con su ego en reunión
en privado, decide cambiar de aires - ¡Denles pol saco a compañeros
y votantes! - y mandarse mudar hacia el sol que más calienta: ¿Al
PSOE, al PP, a EU, a UV..?, ¡Qué mas da!. Eso es bastante
secundario para nuestro héroe.
El tránsfuga, obvio es decirlo, cuando se lleva consigo el poder,
las prebendas y los empleos a repartir, no se transfuga solo, - de hecho,
de no llevárselos ni siquiera se transfugaría -, sino que
viaja acompañado de un séquito o grupo de fieles: unos cegados
por la buena fe y por el carisma del caudillo, al que en su día
vieron alto, guapo, con pelo rubio y destinado a llevarles a la tierra
prometida como nuevo Moisés que se atrevía con la zarza
ardiendo; otros, más arteros, sí saben lo que se pescan
y lo siguen a rueda para sacar buena tajada - una secretaría de
grupo, un empleo para sí o para un pariente- que la cosa está
chunga y en la sociedad civil agobia el paro.
Por su parte, el elector, triste elector y sujeto pasivo del invento,
queda ayuno de representante, como huérfano de padre político.
Y ahí está lo chusco del transfuguismo: el voto choteado,
sisado y burlado en el zurrón del transfugado - ¡Vive Dios
que pareado! -. Queda pues el elector sin representante y con el simple
derecho al pataleo o a llamarle sinvergüenza al susodicho. (Reclámese
al maestro armero y espere a votar en las próximas, creo que recomienda
el gran Libro de la Democracia).
En cuanto al partido que le encumbró, a veces queda hecho unos
zorros, en cuadro y con lo puesto, otras hasta con la deuda de la campaña.
En todo caso queda sin representante de su ideas y programas y privado
de la institución a cuyo efecto destinó esfuerzos y ansias.
A veces incluso queda "tocado" en su funcionamiento, en cuanto que el
tránsfuga, de paso y casi sin querer, se llevó la pastizara,
o sea, la tela de la subvención del cargo que permitía atender
los gastos.
Volvamos al transfugado. Pese a sus certezas metafísicas, alguna
noche no puede dormir y se le aparecen refulgentes las siglas del partido
abandonado, y hasta algún elector le da caza en camisón
y papeleta en ristre - ¡Canalla, tornam el vot! -. De modo que se
despierta sudando y mira debajo de la cama por si está emboscado
el maldito elector. ¡Uf, que pesadilla, menos mal, estoy vivo y
tengo el puesto!. De modo que, nervioso y con el furioso arrepentimiento
del judío converso, se lanza a la caza de antiguos compañeros,
testigos molestos de sus hábiles trapacerías.
Así que pone en marcha un gran discurso rimbombante y ampuloso
con tópicos para el bendito pueblo, - ya se sabe lo de que la mejor
defensa es un buen ataque - y comienza a pergreñar fabulosas explicaciones
y justificaciones del por qué se dio el piro llevándose
hasta las cortinas. Ahí es cuando emerge su mejor capacidad de
elaboración discursiva para lerdos y entregados: El bueno yo, los
malos los otros; reconstruyamos no se qué, posibilitemos no se
cuanto, cerremos el paso a no se quien. ¡Viva yo, mi, me, conmigo
en singular!.
Y si el discurso anterior no cuela, y teniendo ya por desterrada la
ética que le agobia un tanto, da otro paso para ciscarse directamente
en la estética. Y ahí aparece imparable la egolatría,
ajena a cualquier sentido del ridículo: El partido no existía,
su programa tampoco. El partido era yo. Los electores me votaron a mí,
¿no lo entienden?, ¡Pues bien fácil es!. Y ¿quién
dice que el elector votó al programa y al partido?, ¡Valiente
burrada!. El elector me votó a mí, a mi carisma en esta
ciudad, como es público y notorio, justo y necesario.
Y si acaso le persiguiera la mala conciencia - lo cual es un simple
decir y licencia literaria, entiéndaseme - se marca nueva finta
dialéctica, una especie chotis del lenguaje: Escisión, he
ahí la clave, amigo. ¿Acaso no han oído hablar vdes.
de la escisión?. Yo no me transfugué, me escindí
y me siguieron mis fieles. ¡Quede bien claro!. ¿Qué
por qué no les pregunté a los votantes que a quién
habían dado su voto y a quien querían en la institución,
si a mí o al representante del partido que votaron?... pues la
verdad es que no voy a contestar preguntas impertinentes, oiga.
Y si al cabo de un tiempo la realidad se muestra terca y el resultado
no es el previsto, - ni el antiguo partido se hunde ni el nuevo despega
en sito alguno -, entonces es cuestión de dar un paso más
ya que la cosa se pone chunga y hay peligro de quedarse sin "pillar".
Pillar, pillar, la obsesión de nuestro héroe. Ahora hay
que pillar como sea. Un cambio de postura, un apoyo en una gestión,
un lo que sea; cambio cualquier cosa por un sitio en la próxima
lista (de los que salen, por supuesto).
Y como todo proceso de metamorfosis tiene su morbidez, no es raro que
aparezcan los ataques de amnesia: ¿sueldos más bajos a los
políticos..? pues... no recuerdo yo haber dicho tal; ¿política
informativa de papel couché...? ... pues mire, ahora no caigo,
además no vamos a privar al bendito pueblo de la fotogenia de sus
líderes naturales; ¿comparecencias, ruedas de prensa y fotos
para inaugurar un basurero...?, y ¿qué hay de malo en ello,
oiga?. Las que hagan falta, por supuesto, ¿o acaso se va a privar
al pueblo de contemplarme a mi y al basurero?. Los funcionarios... ¿qué
pasa?, ¡Ay los funcionarios!, ¡Ya aprenderán lo de
la dignidad del cargo y el respeto a mi persona!, ¿Déspota,
ególatra y dictadorzuelo...? ¡Eso no me lo dirán a
la cara!.
Puede ocurrir que la cosa no marche y se complique, que lo de "pillar"
se ponga chungo al haber poco pollo para tanto comensal... y que, para
mayor contrariedad, no quede mucho para los que siguieron al Moisés,
que también quieren "pillar"... Entonces la cosa se alía
con la Ley de Murphy y tiende a empeorar. Pero eso lo veremos otro día.
Por ahora, los dados están rodando...
Un saludo.
Joan Martí (Gandia)
|