| Amable internauta:
A pesar de que en la ciudad desde de la que te escribo -Gandia, Valencia,
España-, los estudios sobre la cosa de la sociología urbana
proliferan con profusión y alegría (según se cree,
en razón de las disponibilidades presupuestarias del Ayuntamiento
y de las necesidades de proyección mediática del concejal
de turno que haya de presentarlos en rueda de prensa preanunciada, anunciada,
celebrada al fín y noticiada luego), al día de hoy ningún
especialista del ramo se ha atrevido con el asunto de los vados y del
prohibido aparcar que invade la ciudad y nuestras tristes vidas provocándonos
kilos de infelicidad. Cualquiera que pruebe a aparcar a media tarde o
a media mañana de un día laborable descubrirá rápidamente
de qué le hablo: vados y más vados con señales y
carteles amenazantes con el propio infierno (o con la grua, que es peor
y cuesta diez mil pesetas, o más, amén de la multa).
Y es lo cierto que nos hallamos huérfanos de cualquier teoría
general sobre el vado que, como de la suegra o del suegro, -un suponer-
nos permita defendernos del fenómeno con alguna posibilidad de
éxito. La valla y la línea amarilla nos masacran a conciencia
cuando intentamos aparcar el automóvil en cualquier sitio y frente
a ello no hay nada que hacer, salvo desesesperarse y ponerse de los nervios.
Tentado estoy incluso de sugerirles a los grandes del pensamiento de
moda, Gidens y Zaplana a lo que parece y cuentan los periódicos,
-aunque según las malas lenguas tienen dificultades con las cuatro
reglas-, que aborden el asunto y la problemática por ver si con
sus potentes cerebros encuentran alguna escapatoria.
Es el caso que el vado se ha incorporado a nuestra cotidianidad con
insultante descaro y desparpajo, amenazando con apoderarse de todas las
plazas de aparcamiento que un día fueron libres, hasta de las de
la ORA si se tercia.
La ciudad y sus calzadas son un enorme vado; un prohibido aparcar por
aquí y por allá. Vado permanente por cocheras, de veinte
como de dos plazas, concedido al usufructuario previo pago de la correspondiente
bula; vado por sitios reservados a los minusválidos, tal vez más
de cien mil en la ciudad, a juzgar por el número de reservados;
vado en zonas de carga y descarga; vado por zonas amarillas con líneas
y aspas -o sin aspas, según el gusto del empleado municipal autor
del graffitti- y motivo inextricable; vado por el amarillo de los cinco
metros en cada esquina; vados móviles, simpáticos, dinámicos
y salseros, acotados por señales puestas al tun-tun a gusto del
consumidor; vados para los contenedores de basura comunes o vulgares,
con sus correspondientes cuadros reservados, inamovibles y pegados al
suelo, aunque nunca se hallen aquellos en el sitio, y que se cuentan a
miles; vados reales originados por la presencia física de los susodichos
contenedores desplazados de su sitio como si huyeran de ser cazados e
izados al camión de las/la Koplowitz; vados para los contenedores,
también de basura pero elitistas, o sea para cristales, cartones
y otras basuras especiales o nobles -parece que la capacidad de producir
basura especial o cualificada es directamente proporcional a la necesidad
que tenga el concejal responsable de inaugurar los distintos tipos de
contenderos, tambien especiales, que la contengan-; vados por obras y
chapuzas varias que duran una eternidad y que causan furor en este tiempo
preelectoral en el que una curiosa fiebre de peatonalizaciones, desescombros
y derrumbes ataca a la ciudad con saña; vados por fallas, por último,
que florecen allá por San José -y en otras épocas
del año- cuando medio millón de falleros -o más-
cortan las calles a discreción para organizar tremendas orgías
de cohetes, truc y burret. Vados de diverso sexo y condición, en
fin.
El caso, y no es ninguna broma, es que existe una Comisión Especial
de Aparcamientos en el organigrama municipal que a lo mejor un día
de estos encuentra alguna solución inteligente para el problema
y nos la cuenta. (Amén!). Si tu, querido internauta, das con alguna
fórmula, apúrate y llama al Ayuntamiento que igual dan algún
premio. Pues eso, un saludo.
Joan Martí
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