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El Evangelio según San Polanco
Cap. I - El asesinato civil del Juez Gómez de Liaño


Joan Martí
jmarti@guia-activ.com

Diariamente centenares de jueces en España y en el mundo dictan resoluciones que son recurridas y, a veces, anuladas por los tribunales superiores, sin que nadie les acuse de prevaricación, y conste que algunas resultan francamente insólitas y a menudo irrazonadas. Es más, el recurso y la anulación de una resolución judicial por el tribunal superior se consideran inherentes al funcionamiento normal de la justicia como garantía en las leyes procesales. Así mismo, dictan miles de autos de libertad provisional bajo fianza; en casos de gran trascendencia económica las fianzas llegan a varios miles de millones (Conde, De La Rosa) en otros (quinquis del tres al cuarto) son sensiblemente inferiores, siempre acordes con la trascendencia del hecho y la capacidad económica del imputado. Igualmente declaran secretas centenares de actuaciones o diligencias, tanto para facilitar el éxito en la investigación policial y judicial del delito como para perservar la intimidad de los afectados por el mismo. De todo ello podemos dar fe los miles de abogados, jueces y fiscales que nos relacionamos diariamente con la justicia.

No obstante éllo, un extraño juez, - parece que iluso creyente en la justicia como concepto y oficio -, de los que ya quedan pocos, un día cometió el error de pretender que todos somos iguales ante la ley y, ante los indicios, evidentes a su juicio, de que el propietario del grupo PRISA, junto con otros colaboradores, podía haberse apropiado de más de veintemil millones de pesetas dejados en depósito por los abonados de Canal Plus, tuvo la temeraria idea de... ¡pretender tratar a dicho personaje como a cualquier ciudadano!. Si existía una denuncia y unos hechos indiciarios de delito, - se dijo el juez -, el imputado tendría que comparecer, declarar y ser objeto de las medidas normales en este tipo de casos, por lo que le exigió una fianza de 200 millones y le prohibió salir del país sin permiso del juzgado, al tiempo que declaraba secretas algunas actuaciones. Sin embargo dicho juez, habitualmente reflexivo y enjundioso en sus resoluciones judiciales, acaso llevado por una ética quijotesca demodé consistente en tratar a todos por igual, - ¡Valiente barbaridad! -, en esta ocasión se "empecinó" en pasar por alto ciertos aspectos elementales del asunto, grave error que le ha llevado a la muerte civil, si Dios o el Tribunal Constitucional no lo remedian.

Y es que, en efecto, el Juez no tuvo en cuenta que, con la célebre transición democrática, dió en instalarse en España la cultura del gregarismo maniqueo con todo su esplendor de buenos y malos, derechas e izquierdas, la COPE y la SER, EL MUNDO y EL PAIS, que embota el espíritu crítico de la razón, triunfando el ideal de tribu que nos asentaba en la razón del grupo o la cofradía; en los intereses del clan, de nuestro clan "de izquierdas" o "de derechas", anulando la voluntad individual de los que nos reclamábamos cofrades de a pie. Tampoco tuvo en cuenta que esa celebrada transición reveló una foto fija en la que todos salimos retratados en uno u otro bando.

Como feligrés que fui, - y de los abnegados y ortodoxos -, he de reconocer que en el bando de los progresistas y de izquierdas, para mantenernos confortados en la doctrina correcta y en el dogma de la fe y evitar la apostasía, seguíamos a pies juntillas el ritual de leer y meditar diariamente unas santas escrituras (EL PAIS) y oír unos santos salmos (SER) que nos galvanizaban y afirmaban en nuestras creencias. Lideraba nuestra confesión un hombre con aureola de ciencia infusa y exacta, demócrata entre los demócratas, (J. L. Cebrian, antaño director de informativos de la TV del dictador, pero hábilmente reconvertido) ayudado de otros oficiantes, (Sabater, Tecglen, Pradera, Estefanía, Aguilar..., algunos también reconvertidos). Pero el mandamás y gran gurú, el amo en suma, era una especie de Dios, un hombre de convicciones prosaicas y profunda aversión a ideología que no fuera su cuenta corriente, hombre que fue empresario de los libros de texto (Santillana) del franquismo y que ahora vino también a reconvertirse en el empresario de la izquierda estética, o sea, de la izquierda etérea un poco snob, pues que algo de ello debía tener una izquierda que busca y sacraliza un empresario como santo patrón.

Ciertamente, el patrón no era un Dios, era un hombre, pero era como nuestro hermano mayor y nos guiaba con tino por los vericuetos del entendimiento. Era nuestro Gran Hermano Polanco, quien, junto con sus ayudantes, puso en marcha un emporio de cultura mediática que vino a ser como nuestro Club de Pensamiento. Este Gran Hermano era el amo de las editoriales en las que escribíamos, de las radios en las que salíamos, de las productoras que nos producían, de los periódicos y radios en las que nos recreábamos y formaban nuestra opinión y cultura "de izquierdas". Y para él, ¡como no!, era nuestro mejor agradecimiento "de izquierdas".

El hombre, metido a lo suyo, oficiaba con gran desenvoltura, promoviendo y agasajando a intelectuales, artistas y vividores (los de siempre, ahora de izquierdas), por eso de que la sociedad siempre tuvo élites diletantes de la subvención, de la manduca y del poder, y masas a las que conducir por el recto camino de la fe.

También puso a su servicio a una nueva casta de políticos, vieja y primaria en cuanto a aspiraciones personales, - las mismas de siempre desde que el hombre es hombre -, que, constituyéndose en una especie de congregación llamada Felipismo, al socaire de unos morros y de un ceceo ciertamente bellos que encandilaban a las damas, logró gran predicamento en lo que había sido el franquismo sociológico - tu padre y el mío, por ejemplo, también ahora reconvertidos -, el que de la noche a la mañana pasó a ser de izquierdas como del Caudillo había sido. Y el Gran Hermano Polanco - posiblemente ante unos langostinos en el restaurante Lucio - se dió a la gran osmósis con el Felipismo en celebrada concurrencia de intereses.

Y con todo lo anterior, la realidad pasó a ser virtual; de una u otra textura, matiz o color, cual conviniera al Gran Hermano o al Felipismo, o a ambos. A los feligreses, G.A.D., diariamente nos daban noticia de cómo iba el mundo con cuchara, mediante nutritivos editoriales o comentarios de sesudos tertulianos y articulistas. ¡¿Para qué esforzarnos en darle a la bola si teníamos EL PAIS?!, ¡Menuda pérdida de tiempo!. ¡Gloria a la cultura unificada y mediática de izquierdas! - proclamaba urbi et orbe el salmo radiado y escrito que degustábamos gozosos cada día y exhibíamos orgullosos cada domingo en el parque, como toque de distinción, mientras paseábamos a nuestros nenes criándolos en la cultura democrática de izquierdas ("Mira, es progre, lleva EL PAIS").

Y relevantes personajes de "esa" izquierda (Roldán, Corcuera, Vera, Barrionuevo, Rubio, Urralburu, Aida AlvareZ, Salanueva, Rubio, Salas, Juan Guerra...), sacrificados izquierdistas comprometidos con los pobres, cual era público y notorio, por puro exceso de celo y a beneficio de inventario de la izquierda, más sus pluses personales, se dieron en sisar, matar, torturar y patrimonializar el Estado un poco, aunque la sisa no era robo si era de izquierdas y la tortura eran unos simples coscorrones a disculpar si la practicaban nuestros ministros del interior de izquierdas, como nos explicaba el Gran Hermano en tertulias y editoriales: No pasaba nada, porque lo negro podía ser blanco y lo blanco podía ser negro y cosas tan aparentemente extrañas tenía una plausible explicación de izquierdas.

Por eso, cuando algunos, - antaño también de izquierdas -, dieron en cuestionar al Gran Hermano y al Felipismo, nuestros amados popes, para defender nuestro clan de izquierdas - y eventualmente sus cuentas corrientes -, contrataron más abogados que periodistas, si acaso éllo fuera posible por el número de éstos, montando al tiempo una red político-judicial de notable competencia y eficacia para defender nuestro sistema de izquierdas.

Y así, con nuestra dignidad de izquierdas un poco desmejorada, pero siguiendo a pies juntillas las sagradas escrituras, también llegamos a ver normal que se tratara de barragana, pelandusca, querida o querindonga a la compañera de un juez antaño y desde siempre de izquierdas (Gómez de Liaño) - ¡con lo liberales que éramos cuando jóvenes¡ -, sin que se quejaran las feministas de nómina del país/PAIS, como normal vimos el infundio y el insulto por todo argumento, como correcto vimos jalear o disculpar el crimen de Estado, organizando procesiones y romerías hasta la cárcel de Guadalajara en solidaridad con nuestros mártires de izquierdas.

Y hasta nos regocijamos echando en cara a un pobre y viejo juez (Barbero) que fuera pobre y tuviera muchos hijos y una hipoteca que pagar, porque sin duda ello no le dejaba enjuiciar desde un punto de vista de izquierdas lo de FILESA y MALESA. Y cuando el juez Gómez de Liaño osó imputar a nuestro Gran Hermano, rápidamente hubimos de recordarle que tenía un hermano abogado de Mario Conde, etc., y que cualquier juez, fiscal o abogado que atentara contra el "sistema de izquierdas" sin duda no era trigo limpio.

Y cuando aumentaron las disfunciones y heregías de antiguos feligreses, para salvaguardar la unidad de doctrina, los jefes de la cofradía comenzaron a arrear a las ovejas descarriadas hacia el redil a base de zurriago mediático, aunque antaño hubieran sido buenos creyentes de la izquierda, Martín Prieto, López Agudín, Morán, Borrell, Tierno, Anguita, el mismo Guerra...). Cualquier disonancia en este "sistema de izquierdas" bastaba para ser expulsado a las tinieblas del demérito social, porque todo lo que hacían nuestros padres priores tenía que estar bien por la propia naturaleza de las cosas y lo que hacían los otros mal, por la misma razón y porque, como dijo el Dylan que canturreábamos cuando jóvenes, Dios estaba de nuestra parte, o sea de la de los de izquierdas, todo por Dios, por la Patria y el Rey... "de izquierdas".

De modo que si este juez, honesto como pocos y de izquierdas desde siempre, pero no "de izquierdas", hubiera tenido en cuenta todo lo anterior; si hubiera imaginado que miles de feligreses, tan de izquierdas como snobs, abjuramos del sentido común, la crítica y el entendimiento, prefiriendo la doctrina del Gran Hermano que nos viene en cucharadas soperas que no hay que masticar, hubiera comprendido que para muchos autoproclamados "de izquierdas" es posible aceptar por dogma o acto de fe cualquier misterio, sea uno o trino, aunque a primera vista parezca aberración, científica, legal o de cualquier naturaleza, y jamás se hubiera "empecinado" en tratar al Gran Hermano Polanco igual que a cualquier hijo de vecino.

Por eso, al no haberlo hecho así, si la cofradía decidió que debía morir civilmente, ello es justo y necesario por ser palabra del Gran Hermano Polanco, del Felipismo y formar parte del evangelio "de izquierdas" en el que creemos con toda la intensidad de nuestra fe.

Por eso hoy cantamos a coro y en sagrada comunión, brindando con champagne en el Lucio con nuestros popes Cebrián y González bajo el patrocinio de nuestro Gran Hermano Polanco, principio y fin de nuestra humilde inteligencia: ¡Muerte al sentido común y a la realidad!. ¡Viva la santa doctrina! (y, de paso, la cuenta corriente del Gran Hermano.)

Amén, que así sea.

Joan Martí



 

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