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Diariamente centenares de jueces en España y en el mundo dictan
resoluciones que son recurridas y, a veces, anuladas por los tribunales
superiores, sin que nadie les acuse de prevaricación, y conste
que algunas resultan francamente insólitas y a menudo irrazonadas.
Es más, el recurso y la anulación de una resolución
judicial por el tribunal superior se consideran inherentes al funcionamiento
normal de la justicia como garantía en las leyes procesales. Así
mismo, dictan miles de autos de libertad provisional bajo fianza; en casos
de gran trascendencia económica las fianzas llegan a varios miles
de millones (Conde, De La Rosa) en otros (quinquis del tres al cuarto)
son sensiblemente inferiores, siempre acordes con la trascendencia del
hecho y la capacidad económica del imputado. Igualmente declaran
secretas centenares de actuaciones o diligencias, tanto para facilitar
el éxito en la investigación policial y judicial del delito
como para perservar la intimidad de los afectados por el mismo. De todo
ello podemos dar fe los miles de abogados, jueces y fiscales que nos relacionamos
diariamente con la justicia.
No obstante éllo, un extraño juez, - parece que iluso creyente
en la justicia como concepto y oficio -, de los que ya quedan pocos, un
día cometió el error de pretender que todos somos iguales
ante la ley y, ante los indicios, evidentes a su juicio, de que el propietario
del grupo PRISA, junto con otros colaboradores, podía haberse apropiado
de más de veintemil millones de pesetas dejados en depósito
por los abonados de Canal Plus, tuvo la temeraria idea de... ¡pretender
tratar a dicho personaje como a cualquier ciudadano!. Si existía
una denuncia y unos hechos indiciarios de delito, - se dijo el juez -,
el imputado tendría que comparecer, declarar y ser objeto de las
medidas normales en este tipo de casos, por lo que le exigió una
fianza de 200 millones y le prohibió salir del país sin
permiso del juzgado, al tiempo que declaraba secretas algunas actuaciones.
Sin embargo dicho juez, habitualmente reflexivo y enjundioso en sus resoluciones
judiciales, acaso llevado por una ética quijotesca demodé
consistente en tratar a todos por igual, - ¡Valiente barbaridad!
-, en esta ocasión se "empecinó" en pasar por alto ciertos
aspectos elementales del asunto, grave error que le ha llevado a la muerte
civil, si Dios o el Tribunal Constitucional no lo remedian.
Y es que, en efecto, el Juez no tuvo en cuenta que, con la célebre
transición democrática, dió en instalarse en España
la cultura del gregarismo maniqueo con todo su esplendor de buenos y malos,
derechas e izquierdas, la COPE y la SER, EL MUNDO y EL PAIS, que embota
el espíritu crítico de la razón, triunfando el ideal
de tribu que nos asentaba en la razón del grupo o la cofradía;
en los intereses del clan, de nuestro clan "de izquierdas" o "de derechas",
anulando la voluntad individual de los que nos reclamábamos cofrades
de a pie. Tampoco tuvo en cuenta que esa celebrada transición reveló
una foto fija en la que todos salimos retratados en uno u otro bando.
Como feligrés que fui, - y de los abnegados y ortodoxos -, he
de reconocer que en el bando de los progresistas y de izquierdas, para
mantenernos confortados en la doctrina correcta y en el dogma de la fe
y evitar la apostasía, seguíamos a pies juntillas el ritual
de leer y meditar diariamente unas santas escrituras (EL PAIS) y oír
unos santos salmos (SER) que nos galvanizaban y afirmaban en nuestras
creencias. Lideraba nuestra confesión un hombre con aureola de
ciencia infusa y exacta, demócrata entre los demócratas,
(J. L. Cebrian, antaño director de informativos de la TV del dictador,
pero hábilmente reconvertido) ayudado de otros oficiantes, (Sabater,
Tecglen, Pradera, Estefanía, Aguilar..., algunos también
reconvertidos). Pero el mandamás y gran gurú, el amo en
suma, era una especie de Dios, un hombre de convicciones prosaicas y profunda
aversión a ideología que no fuera su cuenta corriente, hombre
que fue empresario de los libros de texto (Santillana) del franquismo
y que ahora vino también a reconvertirse en el empresario de la
izquierda estética, o sea, de la izquierda etérea un poco
snob, pues que algo de ello debía tener una izquierda que busca
y sacraliza un empresario como santo patrón.
Ciertamente, el patrón no era un Dios, era un hombre, pero era
como nuestro hermano mayor y nos guiaba con tino por los vericuetos del
entendimiento. Era nuestro Gran Hermano Polanco, quien, junto con sus
ayudantes, puso en marcha un emporio de cultura mediática que vino
a ser como nuestro Club de Pensamiento. Este Gran Hermano era el amo de
las editoriales en las que escribíamos, de las radios en las que
salíamos, de las productoras que nos producían, de los periódicos
y radios en las que nos recreábamos y formaban nuestra opinión
y cultura "de izquierdas". Y para él, ¡como no!, era nuestro
mejor agradecimiento "de izquierdas".
El hombre, metido a lo suyo, oficiaba con gran desenvoltura, promoviendo
y agasajando a intelectuales, artistas y vividores (los de siempre, ahora
de izquierdas), por eso de que la sociedad siempre tuvo élites
diletantes de la subvención, de la manduca y del poder, y masas
a las que conducir por el recto camino de la fe.
También puso a su servicio a una nueva casta de políticos,
vieja y primaria en cuanto a aspiraciones personales, - las mismas de
siempre desde que el hombre es hombre -, que, constituyéndose en
una especie de congregación llamada Felipismo, al socaire de unos
morros y de un ceceo ciertamente bellos que encandilaban a las damas,
logró gran predicamento en lo que había sido el franquismo
sociológico - tu padre y el mío, por ejemplo, también
ahora reconvertidos -, el que de la noche a la mañana pasó
a ser de izquierdas como del Caudillo había sido. Y el Gran Hermano
Polanco - posiblemente ante unos langostinos en el restaurante Lucio -
se dió a la gran osmósis con el Felipismo en celebrada concurrencia
de intereses.
Y con todo lo anterior, la realidad pasó a ser virtual; de una
u otra textura, matiz o color, cual conviniera al Gran Hermano o al Felipismo,
o a ambos. A los feligreses, G.A.D., diariamente nos daban noticia de
cómo iba el mundo con cuchara, mediante nutritivos editoriales
o comentarios de sesudos tertulianos y articulistas. ¡¿Para
qué esforzarnos en darle a la bola si teníamos EL PAIS?!,
¡Menuda pérdida de tiempo!. ¡Gloria a la cultura unificada
y mediática de izquierdas! - proclamaba urbi et orbe el salmo radiado
y escrito que degustábamos gozosos cada día y exhibíamos
orgullosos cada domingo en el parque, como toque de distinción,
mientras paseábamos a nuestros nenes criándolos en la cultura
democrática de izquierdas ("Mira, es progre, lleva EL PAIS").
Y relevantes personajes de "esa" izquierda (Roldán, Corcuera,
Vera, Barrionuevo, Rubio, Urralburu, Aida AlvareZ, Salanueva, Rubio, Salas,
Juan Guerra...), sacrificados izquierdistas comprometidos con los pobres,
cual era público y notorio, por puro exceso de celo y a beneficio
de inventario de la izquierda, más sus pluses personales, se dieron
en sisar, matar, torturar y patrimonializar el Estado un poco, aunque
la sisa no era robo si era de izquierdas y la tortura eran unos simples
coscorrones a disculpar si la practicaban nuestros ministros del interior
de izquierdas, como nos explicaba el Gran Hermano en tertulias y editoriales:
No pasaba nada, porque lo negro podía ser blanco y lo blanco podía
ser negro y cosas tan aparentemente extrañas tenía una plausible
explicación de izquierdas.
Por eso, cuando algunos, - antaño también de izquierdas
-, dieron en cuestionar al Gran Hermano y al Felipismo, nuestros amados
popes, para defender nuestro clan de izquierdas - y eventualmente sus
cuentas corrientes -, contrataron más abogados que periodistas,
si acaso éllo fuera posible por el número de éstos,
montando al tiempo una red político-judicial de notable competencia
y eficacia para defender nuestro sistema de izquierdas.
Y así, con nuestra dignidad de izquierdas un poco desmejorada,
pero siguiendo a pies juntillas las sagradas escrituras, también
llegamos a ver normal que se tratara de barragana, pelandusca, querida
o querindonga a la compañera de un juez antaño y desde siempre
de izquierdas (Gómez de Liaño) - ¡con lo liberales
que éramos cuando jóvenes¡ -, sin que se quejaran
las feministas de nómina del país/PAIS, como normal vimos
el infundio y el insulto por todo argumento, como correcto vimos jalear
o disculpar el crimen de Estado, organizando procesiones y romerías
hasta la cárcel de Guadalajara en solidaridad con nuestros mártires
de izquierdas.
Y hasta nos regocijamos echando en cara a un pobre y viejo juez (Barbero)
que fuera pobre y tuviera muchos hijos y una hipoteca que pagar, porque
sin duda ello no le dejaba enjuiciar desde un punto de vista de izquierdas
lo de FILESA y MALESA. Y cuando el juez Gómez de Liaño osó
imputar a nuestro Gran Hermano, rápidamente hubimos de recordarle
que tenía un hermano abogado de Mario Conde, etc., y que cualquier
juez, fiscal o abogado que atentara contra el "sistema de izquierdas"
sin duda no era trigo limpio.
Y cuando aumentaron las disfunciones y heregías de antiguos feligreses,
para salvaguardar la unidad de doctrina, los jefes de la cofradía
comenzaron a arrear a las ovejas descarriadas hacia el redil a base de
zurriago mediático, aunque antaño hubieran sido buenos creyentes
de la izquierda, Martín Prieto, López Agudín, Morán,
Borrell, Tierno, Anguita, el mismo Guerra...). Cualquier disonancia en
este "sistema de izquierdas" bastaba para ser expulsado a las tinieblas
del demérito social, porque todo lo que hacían nuestros
padres priores tenía que estar bien por la propia naturaleza de
las cosas y lo que hacían los otros mal, por la misma razón
y porque, como dijo el Dylan que canturreábamos cuando jóvenes,
Dios estaba de nuestra parte, o sea de la de los de izquierdas, todo por
Dios, por la Patria y el Rey... "de izquierdas".
De modo que si este juez, honesto como pocos y de izquierdas desde siempre,
pero no "de izquierdas", hubiera tenido en cuenta todo lo anterior; si
hubiera imaginado que miles de feligreses, tan de izquierdas como snobs,
abjuramos del sentido común, la crítica y el entendimiento,
prefiriendo la doctrina del Gran Hermano que nos viene en cucharadas soperas
que no hay que masticar, hubiera comprendido que para muchos autoproclamados
"de izquierdas" es posible aceptar por dogma o acto de fe cualquier misterio,
sea uno o trino, aunque a primera vista parezca aberración, científica,
legal o de cualquier naturaleza, y jamás se hubiera "empecinado"
en tratar al Gran Hermano Polanco igual que a cualquier hijo de vecino.
Por eso, al no haberlo hecho así, si la cofradía decidió
que debía morir civilmente, ello es justo y necesario por ser palabra
del Gran Hermano Polanco, del Felipismo y formar parte del evangelio "de
izquierdas" en el que creemos con toda la intensidad de nuestra fe.
Por eso hoy cantamos a coro y en sagrada comunión, brindando con
champagne en el Lucio con nuestros popes Cebrián y González
bajo el patrocinio de nuestro Gran Hermano Polanco, principio y fin de
nuestra humilde inteligencia: ¡Muerte al sentido común y
a la realidad!. ¡Viva la santa doctrina! (y, de paso, la cuenta
corriente del Gran Hermano.)
Amén, que así sea.
Joan Martí
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